Cada encuentro era una herida, cada choque un amago de muerte.
El moro mostraba los ojos inyectados de sangre, como la hiena que olfatea los cadáveres.
Don Juan Chacon le fascinaba con su ardiente mirada.
Pasaba el tiempo, la luz menguaba; la noche tendia ya sobre los cielos su manto de tinieblas.
Era preciso concluir.
Don Juan Chacon apretó los dientes y los puños, y su espada se rompió en la adarga del moro, dejándole el brazo desguarnecido,
Y sin darle tiempo para rehacerse, veloz como el relámpago, el señor de Cartagena tomó de su arzon la maza de armas, describió con ella en alto tres círculos; y la lanzó de sí.
La maza partió silbando y fué á chocar en la cabeza desarmada de Mahandin, que cayó por la grupa de su caballo, horriblemente ensangrentado.
Despues no se movió.
Estaba muerto.