Y su sangre se heló, rodaron sus ojos en sus órbitas, y la lividez de la muerte alteró su semblante.
El generoso alcaide saludó á la sultana.
Luego tomó el alfange del moro y le cortó la cabeza.
Subió la gradería del dadalso y puso en su última grada, á los pies de la sultana, aquel sangriento despojo.
Despues recogió su adarga, requirió su caballo, montó en él, y se retiró á un lado para ver la suerte del combate, que seguia encarnizado, entre los otros seis caballeros.
Los que mas á punto de vencimiento estaban eran don Juan Chacon y Mahandin.
Entrambos habian roto sus lanzas.
Entrambos se habian desguarnecido la cabeza y peleaban con ella descubierta.
Entrambos, apenas podian repararse por las adargas rotas y abolladas por los furiosos golpes.
Cruzaban y volvian á cruzarse los caballos.