Retrocedia Mohamet, dejando tras sí pedazos de su desguarnecida armadura y girones de su rico sayo de púrpura.

Acorralábale sin descanso el bravo Alcaide de los Donceles.

Al cabo le puso entre su espada y la valla que sustentaba uno de los costados del cadalso de la sultana.

Rugia el moro como un tigre herido por un leon, y era espantoso de ver su semblante y los furiosos tajos que descargaba en vano sobre la adarga damasquina que embrazaba su enemigo.

Y duraba el combate.

Corria la sangre de entrambos campeones.

Zoraida, pálida y aterrada, miraba con ansiedad á don Diego, y éste cobró alientos al ver la suplicante mirada de la sultana.

Enojóle tanta resistencia; arrojó lejos de sí la adarga, alzó su espada á dos manos, describió con ella un ancho círculo sobre su cabeza, y esclamando, olvidado en su furor de su incógnito y del lugar en que se encontraba:—¡Santiago y Castilla!—la dejó caer con el ímpetu de una encina derrumbada por el huracan, sobre el moro.

Nadie, entre el estruendo del combate, que allá en el centro del palenque se sustentaba á caballo, oyó el grito de guerra del Alcaide de los Donceles, sino Mohamet-Zegrí, que cayó por tierra como herido por un rayo, esclamando:

—¡Traicion! ¡son castellanos!