Retumbó el encuentro rudo y poderoso en los ámbitos de la plaza, y cuando se desvaneció el remolino, la multitud miró con ansiedad.
Todos los caballeros estaban en su lugar.
Las picas habian resbalado de las acicaladas adargas.
Tomaron de nuevo campo, y se encontraron con igual ímpetu.
La pica del Alcaide de los Donceles, arrojó desapoderado de los arzones al feroz Mohamet-Zegrí, y los otros seis caballeros no encontrando ventaja, volvieron á tomar campo.
Mahomet-Zegrí, en tanto, se habia levantado fuera de sí de cólera, yendo con rabia á desjarretar el caballo de don Diego Fernandez de Córdoba.
Pero las habia con un enemigo esperimentado, y le encontró pie á tierra junto á si con la espada en alto.
Antes de que el zegrí hubiera podido adargarse, vinieron al suelo las plumas y la mitad de su bonete, á un tremendo tajo del castellano.
El moro llevaba lo peor.
Acosábale don Diego, y caian sobre él los pesados golpes de su espada de á dos manos, rebotando sobre su adarga de Fez con igual ímpetu que el recio granizo de la tempestad sobre las altas cúpulas.