Don Juan Chacon besó la mano á la sultana, se caló la visera, bajó del cadalso, cabalgó con sus otros tres compañeros, y los cuatro, estendidos al pie del cadalso, esperaron á que segun ley y uso reconocido se pronunciasen la acusacion y el reto.
Resonaron al fin las trompetas, y el alférez acusó á la sultana y retó á nacidos y por nacer, á presentes y ausentes, á vivos y á muertos, á chicos y á grandes, en nombre de los mantenedores de la acusacion.
Cuando hubo concluido, don Juan Chacon adelantó un tanto su caballo, y dijo con voz pujante que todos escucharon y en aljamia:
—Mientes tú, en lo que dices, como cobarde y mal nacido, y miente quien te lo manda decir, y quien lo sostenga miente, y miente quien al escucharlo calle, y en prenda y en señal de que admitimos el reto de los calumniadores de poder á poder y á todo trance de batalla, ved lo que haré y harán conmigo mis hermanos.
Y atravesando el palenque á media rienda, los cuatro caballeros hirieron con sus lanzas de dos hierros las adargas que cada uno de los mantenedores de la acusacion tenian suspendida de una pica clavada en tierra delante de su tienda.
Oyóse un ruido vibrante y metálico, las adargas cayeron á la arena, y los caballeros defensores tomaron campo y fueron á situarse al otro lado del palenque vuelta la espalda á la sultana, á tiempo que Hamet-Zegrí, Mahandin, Mahandon y Mahomet-Zegrí, tomando las adargas heridas de manos de sus escuderos, cabalgaron y adelantaron en el palenque, hasta ponerse frente á frente de los cuatro castellanos.
Mahomet-Zegrí enfiló con el Alcaide de los Donceles, don Diego Fernandez de Córdoba; Hamet-Zegrí, con don Manuel Ponce de Leon; Mahandon con don Alonso de Aguilar, y Mahandin con don Juan Chacon.
Bajaron los jueces del campo á la arena, demandaron juramento á los caballeros de lidiar como buenos y leales sin ayuda de hechicerías ni amuletos, les partieron el sol[146], y el infante Muza dijo en alta voz:
—Campo cerrado y batalla os concedemos, caballeros; partid y haced vuestro deber.
Al mismo tiempo hicieron señal los añafiles y los atabales, el rey arrojó á la arena un baston de oro, y los combatientes partieron uno contra otro, chocándose entre una nube de polvo en medio del palenque.