Abrióse á punto la puerta de la Al-Kaissería, y arremetieron por ella cuatro ginetes berberiscos, que atravesaron á la carrera el palenque y llegaron al pie del cadalso de la sultana.
Al ver sus armas, sus penachos, sus galas y sus magníficos corceles, el pueblo y las damas y los caballeros aplaudieron.
Entretanto, los cuatro caballeros berberiscos que llevaban caladas las viseras de sus yelmos de encage, desmontaron, y uno de ellos subió la gradería del cadalso, se arrodilló ante la sultana, y la dijo en arábigo aljamiado:
—Poderosa señora: yo y esos tres caballeros, que en tu defensa conmigo son, somos cuatro hermanos berberiscos, que venimos de Africa, y desembarcados en Almería, sabiendo que está amenazada por los cristianos esta hermosa ciudad, hemos querido contribuir con nuestras vidas á su defensa.
Y viniendo su vía, hemos sabido por un alkarreño[145], la afliccion en que te hallas, y á tus pies nos ponemos para ofrecerte nuestras vidas, y cuanto somos y tenemos.
Calló el caballero, y la sultana le contempló un tanto en silencio.
Pero una esclava cristiana que estaba junto á ella y que escuchaba atentamente, y con no menos atencion miraba al caballero que para hablar con la sultana se habia levantado la visera, la dijo:
—Acepta, señora, porque ese que á tus pies tienes, no es otro que don Juan Chacon, señor de Cartagena, á quien escribiste aquellas letras por mi consejo.
Sonrió tristemente la sultana, mirando con agradecimiento al capitan castellano, y le dijo con voz conmovida:
—Dios te premie y premie á tus hermanos, caballero, por la merced que me haceis: yo os acepto como defensores de mi inocencia, que en Allah y en vosotros confio, volverá á brillar, aunque tan vilmente han pretendido mancillarla los traidores zegríes.