Corria en tanto el tiempo.
Al fin el sol, que descendia, solo dejó ver una estrecha faja de rojiza luz en los aleros de la plaza opuestos al occidente.
Las miradas de todos se fijaban con ansiedad en aquella línea luminosa.
El sol se habia trasformado para la sultana en un relój implacable.
En el momento en que sus rayos dejasen de tocar enteramente aquel alero, debia repetirse la acusacion y el reto, y si nadie respondia a él, debia declararse á la sultana desamparada de Dios, y por lo tanto culpable.
Al fin desapareció aquel último rayo, y el sol se hundió tras el horizonte.
El mueden[143] de la mezquita mayor llamó á los fieles á la oracion de almagreb[144].
De nuevo el alférez, con su comitiva, adelantó al centro del palenque; pero aun no habian acabado de resonar los clarines, cuando se oyó gran alarido y gritería por la parte del Zacatin, resonó la trompeta del alcaide de la puerta de la Al-Kaissería, y el mismo alcaide adelantó á caballo, llegó ante el rey Boabdil, hizo arrodillarse ante él al bruto, y anunció al rey que cuatro caballeros berberiscos solicitaban se les diese campo para defender como campeones la inocencia de la sultana.
El rey, pálido de despecho, concedió la licencia, y el alcaide se tornó á la puerta.
Agitóse el pueblo, desalentado ya: levantóse un sordo rumor, corrieron los escuderos con los caballos á la tienda de los acusadores, subieron los jueces al estrado, y acreció la palidez de la ansiedad en el rostro de la sultana.