El sol ascendia.
Llegó al fin la oracion de adohar[142].
Tornó á salir de la tienda de los zegríes el alférez en la misma forma que la vez anterior, repitió la acusacion y el reto, y como antes, nadie contestó á él.
Y pasaba el tiempo, el sol descendia; sino habia campeones que defendiesen la inocencia de la sultana, esta debia morir de muerte de fuego como adúltera y enemiga del rey, en el punto en que el sol tocase á su ocaso.
El semblante antes sereno de Zoraida palideció, mas de indignacion que de terror.
Creyó que su súplica habia sido desatendida por los caballeros cristianos.
Su orgullo de sultana se irritó.
Y tal vez un pensamiento distinto cruzó por su mente y la arrancó una lágrima.
Bien hubiera podido suceder que sus campeones hubieran sido acometidos en la vega por fuerzas superiores.
Tal vez la muerte les impedia llegar al sitio á donde los llamaban.