Todo revelaba á primera vista el grave asunto que se sustentaba en aquel coso, no hacia muchos dias engalanado de fiesta.
La sultana Zoraida, sentada sobre un divan de seda negra y oro en el cadalso, parecia tranquila, á pesar de que bajo aquel cadalso estaban hacinados ramages que debian ser la hoguera de la adúltera si los zegríes sostenedores de la acusacion triunfaban, ó si llegado el término del plazo no se presentaban caballeros para defender la inocencia de la acusada.
Desde el amanecer, una multitud inmensa llenaba las graderías, y gran número de damas y caballeros, aunque con sencillas vestiduras de luto, ocupaban los estrados.
Boabdil habia llevado hasta el colmo su crueldad asistiendo á la prueba con galas de fiesta.
Y el pueblo murmuraba del rey, al paso que todos se dolian de la sultana y maldecian á los zegríes.
A la salida del sol, un alférez ó porta-bandera de los acusadores, precedido de añafiles y atabales, y seguido de ginetes armados, pregonó la acusacion contra la sultana á son de trompeta y arrojó cuatro guantes en la arena, retando á los presentes y por venir que la inocencia de la sultana defendieren.
Tras el estrado de los jueces, algunos caballeros se agitaron con visibles muestras de contestar al reto, pero el infante Muza los contuvo.
Nadie contestó.
Y pasó el tiempo.
El pueblo se impacientaba.