Avanzaba el dia, y los castellanos, armados ya y á punto de poder pasar por walíes africanos, bajaron al jardin, y fuera de la cerca encontraron cuatro caballos de la mas pura raza árabe, encubertados de guerra.

Y cabalgaron y se despidieron de la doncella mora, y tomaron la vuelta de los montes guiados por un africano de la servidumbre de Muza, para entrar en Granada por el camino de Almería, como si llegasen por las marinas.

Y era ya tiempo.

El sol habia llegado á la mitad de su carrera.

En la plaza de Bib-Arrambla, el palenque abierto, ocupadas las galerías por una multitud numerosa, mostraba en uno de sus estremos la tienda de los mantenedores de la acusacion contra Zoraida.

En el otro estremo se levantaba un cadalso enlutado, en que la desdichada Zoraida estaba vestida de blanco entre sus damas.

Delante de la tienda de los mantenedores habia clavadas cuatro lanzas en la arena, y pendiente de cada lanza una reluciente adarga.

A siniestra mano se veia el estrado destinado á los jueces del campo.

Eran estos jueces el infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, el wazir Aben-Comixa y el katíb Abd-el-Kerun.

Mas allá, guardado por esclavos, se veia un astillero lleno de lanzas de batalla y algunos caballos encubertados de guerra, trabados de los pies.