El postigo tornó á cerrarse.
El jardin era una maravilla, y á su fondo se alzaba una magnífica arcada sostenida por algunas columnas de alabastro.
Al fondo de la arcada habia una gran puerta, por la cual entró Zaruhyemal guiando á los cuatro caballeros.
Subieron una escalera, atravesaron una galería y entraron en una magnífica cámara, que parecia haber sido construida para albergar al genio de los amores.
El ambiente, la luz, los perfumes, los muebles, la forma de la cámara, sostenida por grupos de columnas, con fondos labrados y matizados con caprichosos colores, con su alta cúpula casi perdida en la oscuridad, con su fuente de mármol en que un claro surtidor murmuraba ténuemente, al par que las brisas agitaban los tapices y venian á saturarse en los perfumes, todo era allí voluptuoso, todo convidaba á amar.
—¿A quién pertenece este alcázar? dijo el Alcaide de los Donceles a Zaruhyemal.
—Al infante Muza-Ebn-Abil-Gazan, contestó la hermosa jóven, y suyas son tambien las armas y las preseas que vais á vestiros, y los caballos que vais á montar.
Y guiándolos, atravesó otra galería, abrió otra puerta y los introdujo en una sala de armas.
Los castellanos se maravillaron: jamás, ni en los alcázares de sus reyes, habian visto una tan rica armería.
Cuatro esclavos les ciñeron los arneses que eligieron: les vistieron túnicas de brocado, y ocultaron sus cabellos bajo tocas á la usanza africana.