—¿Y cómo es, dijo á la mora mirándola profundamente, que no hay caballeros en Granada, que se llama la de los bravos, para arrojar el guante á los acusadores de la sultana?
—¡Cristiano! respondió con orgullo Zaruhyemal: ten en cuenta que una dama es la portadora de este mensage, y que un moro granadino no os daria otra cosa que el bote de su lanza, ni os hablaria con otra lengua que con la espada.
Si os place, venid: si temeis traicion, quedaos, que no faltarán aun en vuestros mismos reales caballeros que tomen sobre sí y con placer la empresa que vosotros no aceptais.
Calló cortesmente don Alonso á estas razones, ayudó á cabalgar á la mora, saltó en su caballo, y tras algunas breves palabras acerca del camino que elegirian, tomaron la vega adelante y al través, y dejando á mano siniestra á Granada, y siempre por fuera de camino y lejos de las alkerías para evitar un encuentro, se dirigieron, guiados por Zaruhyemal á las verdes colinas que se estienden cubiertas de olivares á la falda de Sierra Nevada.
Y anduvieron así dos horas, y al cabo de ellas llegaron, rodeando entre los olivares, á un pequeño alcázar rodeado de un bosque de laureles en las inmediaciones de una aldea llamada la Azubia.
Gozábase desde allí de la vista de un pais admirable.
Los resplandecientes Alijares con sus cúpulas altísimas; la Alhambra con sus torres rojizas y sus techos cubiertos de tejas de colores que lanzaban destellos de fuego heridas por el sol; la alcazaba con sus fuertes muros y sus altísimos cipreses; el cerro de Al-Bahul, cubierto de higueras de Túnez sobre las que descollaban cedros de Siria y palmeras de Africa; las vertientes de las colinas cubiertas de blancas y alegres casas, sobre las cuales descollaban las frondas de los jardines, luego la vega, tendida á los pies de Granada cercada de rios y acequias que relumbraban al sol, y mas allá las distantes sierras perdidas tras vapores fantásticos, que se elevaban en un cielo azul y radiante; todo esto era un espectáculo nuevo, maravilloso que fascinó á los caballeros, y los hizo suspirar por la llegada del dia en que el pendon real de Isabel y de Fernando ondease sobre aquel resplandeciente castillo, que guardaba como una veladora atalaya aquel jardin de delicias.
Zaruhyemal bajó entre tanto de la hacanea, y llamó al postigo de una cerca.
El postigo se abrió instantáneamente.
Los cristianos desmontaron, entraron en un jardin, y un esclavo negro asió de las cabalgaduras y las introdujo en el jardin tras sus ginetes.