Los luceros brillaban allá perdidos en la inmensidad.
Cantaban los ruiseñores solitarios entre las alamedas del rio.
Y sin embargo, el sueño del rey era terrible.
Una horrorosa pesadilla de sangre.
Parecíale que por la puerta de la sala de los Abencerrages salia Aben-Ahmed, y tras él sus treinta y seis compañeros con las cabezas en las manos.
Cada una de aquellas cabezas dejaba caer sobre el pavimento un chorro de sangre.
Y los fantasmas adelantaban en procesion lúgubre y silenciosa.
Y llegaban al rey y suspendian sucesivamente sobre su cabeza sus cabezas cercenadas y la bañaban en caliente sangre.
El rey luchaba por apartar de sí aquella vision terrible y no podia.
Pero de repente le despertaron descompasadas voces, y estruendo de gentes que corrian y de armas que se chocaban.