—Soberbio moro: el novel caballero tiene ya empresa para sus armas, y el Ave Maria será un cuartel de gloria en el blason de los Garci-Lasos de Castilla.
Y cortó la cabeza á Tarfe, la colgó del arzon de su caballo, cabalgó, salió de la espesura y se encaminó al Real.
Allá á lo lejos se levantaba una nube de polvo bajo los pies de los caballos de un pequeño escuadron, que avanzó hasta dejar conocer á los que cabalgaban.
Era el capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba con sus escuderos, que habia sido elegido por el consejo de guerra para responder al reto de Tarfe, y venia armado de todas armas y cubierto de lazos y penachos.
Pronto llegó junto al jóven y pudo ver en su pecho el Ave Maria y en su arzon la sangrienta cabeza del moro.
Detúvose el capitan y con él sus escuderos.
—¡Pardiez, Garcilaso, dijo Gonzalo Fernandez al jóven, qué temprano empezais á ser hazañoso! vais apurando todas las grandes empresas; Chacon y don Diego de Córdoba, Ponce de Leon y Aguilar, entran en palenque en Bib-Arrambla y vencen delante de la córte de Granada; Pulgar pone el nombre de Maria en la mezquita mayor en prenda de posesion; y vos, niño aun, rescatais esa sagrada Ave Maria de un guerrero tan formidable como Abd-Allah-Ebn-Tarfe. ¿Qué dejais, pues, que hacer á Gonzalo Fernandez de Córdoba?
Y esto dijo sonriendo afablemente, como quien tiene harta gloria propia para no envidiar la agena, el hombre que debia ser la primera y mas clara gloria de las glorias guerreras de las Españas.
El que debia ser el último cercador de Granada.
El conquistador de Nápoles.