Una sombría y sardónica carcajada salió por entre las barras del yelmo de Tarfe.

Membrudo, ajigantado, gran luchador, pensaba sofocar entre sus robustos brazos al castellano.

Y así hubiera sin duda acontecido.

Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando su coselete rechinaba entre aquel brazo de hierro, su mano buscó el falso de la armadura de su enemigo, y su daga buida penetró en su pecho.

Tarfe abrió los brazos, lanzó un grito terrible, y cayó de espaldas.

El Ave Maria habia sido rescatada.

El mancebo alzó su visera.

Su rostro juvenil y hermoso, cubierto de sangriento sudor, se elevó al cielo, y sus elocuentes ojos negros dejaron brillar una lágrima de gratitud.

Oracion suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del abismo, y elevada hasta el trono de Dios: y luego fué al caballo del moro, quitó de su cola el cartel del Ave Maria, le besó de hinojos y le suspendió de su cuello sobre su pecho, á manera del vasallo que ostenta el blason de su señor.

Y llegó á Tarfe; le desenlazó el yelmo, y al ver su frio semblante, afeado por la lividez de la muerte, esclamó con un orgullo disculpable en sus pocos años: