El castellano contuvo generosamente al suyo para no atropellar al moro, echó pie á tierra, y adelantó cubierto con la adarga y la espada en alto contra su enemigo que se habia levantado cubierto de polvo y trémulo de furor.

Empeñóse de nuevo el combate á pie firme.

Silbaba el acero contra el acero.

El dios de las batallas, posado en una nube roja, miraba con asombro á los caballeros.

Y Tarfe apretó los puños y los dientes.

Describió un ancho círculo al rededor de su cabeza con su espada, y la dejó caer como un rayo sobre el cristiano.

La hoja damasquina saltó en pedazos al chocar la templadísima adarga del mancebo.

Tarfe estaba desarmado: solo le quedaba el puñal, arma débil é inútil.

Arrojó lejos de sí la adarga, y se fué con los brazos abiertos al castellano, que le imitó.

El combate pasaba á ser lucha.