Desnudó á su vez el cristiano la suya, tornaron á tomar campo y se acometieron de nuevo con doble coraje, é ímpetu furioso.

Martillaban los aceros sobre el duro hierro de los arneses: los airones, los penachos, las sobrevestas y las galas eran despojos del combate: empezaban á desclavarse coseletes y grevas y la sangre corria de mas de una herida.

Rugia Tarfe como un hambriento leon del desierto:

Coloraba su frente la vergüenza de no haber esterminado á la primera embestida á aquel cristiano casi niño, que se habia atrevido á insultarle, y redoblaba sus golpes y sus embestidas, ligero como un halcon, incansable, feroz, irritado.

Y siempre encontraba apercibida la adarga del cristiano.

Siempre su caballo, caracoleando en su lomo, le divertia en una defensa fatigosa.

Y redoblábanse los tajos sobre el templado acero de su jaco.

Jadeaban ya los caballos.

El cristiano, á quien sin duda importaba la brevedad, hacia girar el suyo como un torbellino en derredor del moro.

Al fin, entrambos corceles fatigados, cubiertos de sudor, ensangrentados los ijares, obedecieron mal al freno, y el de Tarfe tropezó en el tronco de un árbol al tomar una vuelta y cayó arrastrando a su ginete.