Y fué á reclinarse de nuevo en el césped.

Pero el jóven caló su visera, levantó el cuento de su lanza, y la tendió con ira sobre la espalda del moro.

Al sentir este ultrage, Tarfe saltó como una pantera herida, embrazó su adarga, requirió su espada, cabalgó, tomó campo, y partió con la lanza baja contra el cristiano, gritando ronco de furor:

—Por Satanás, el mentiroso, villano, que has de pagar con tu sangre tan ruin y cobarde ultrage.

Y á este punto embistió contra el mozo que le acortó el trecho saliéndole al encuentro.

El aire gimió con el estruendo del choque.

La lanza de Tarfe, saltó hecha menudas astillas contra la adarga del castellano.

Este no se movió de los arzones.

Su pica falseó la adarga y la jacerina del moro, y le hirió levemente, rompiéndose tambien como hubiera podido romperse una caña.

Tarfe rugió de cólera, y su ancha y larga espada damasquina, lució como un rayo fuera de la vaina.