Tarfe despertó al sonido de la pujante voz del mancebo castellano.
Levantóse lentamente, púsose de pie y midió con una larga y profunda mirada á su adversario.
—¿Quién eres tú, le dijo con desprecio, caballero sin mote y sin empresa? ¿Acaso no hay en los Reales de Castilla valientes capitanes que vengan á medirse conmigo que soy el caudillo de cien combates?
—Es verdad, contestó el mozo: soy caballero novel, pero vengo por tu cabeza para hacer empresa con ella: y como cristiano, vengo á arrancarte el corazon y el cartel que te has atrevido á poner en la cola de tu caballo, cuando tiene escrito el nombre de la que sobre ángeles se asienta.
—Ea, vete, cristiano, dijo Tarfe con desden, que yo no he de probar mis armas con quien trae las suyas blancas y oculta su semblante.
El mozo se levantó con corage la visera, y mostró su hermosa y juvenil faz al moro.
Tarfe miró con asombro al mancebo.
La espresion de desprecio que antes aparecia en su semblante, se borró.
Solo quedó en ella una sonrisa de afecto.
—Valiente eres, rapaz, dijo: gran fama alcanzarás en el mundo si una lanza traidora no corta en flor tu vida, pero vete: que no soy asesino ni me mido con niños: vete y di á ese terrible Gonzalo Fernandez de Córdoba, que Tarfe le espera durmiendo.