Y entre aquellos viejos soldados endurecidos con la fatiga de los combates, un mancebo imberbe, hermoso como una dama, pero de mirada severa, y centelleante como la de un leon, atravesó en paso apresurado el Real, y al otro estremo entró en una tienda aislada.
—Pronto, Nuño, dijo á un soldado viejo que esperaba impaciente á la puerta; mi arnés, mi lanza y mi caballo: pronto, porque los capitanes del Real se arman á porfía, y no tardarán mucho cien buenas espadas en demandar licencia á sus altezas para rescatar la santa Ave Maria de las manos de ese perro infiel.
Y así era,
Apenas don Fernando y doña Isabel habian entrado en sus tiendas, visiblemente alterados por el reto de Tarfe, cuando un tropel de capitanes, de caballeros, y aun de simples hidalgos, alféreces y demas cabos de los tercios, entraron armados hasta los dientes, pasando casi por cima de los continuos y demandaron licencia para ir á rescatar con la muerte del moro el nombre de Maria.
Cada cual alegó su derecho, y con tan buenas razones, y siendo todos pares en valor y merecimientos, don Fernando y doña Isabel reunieron su consejo para elegir el campeon que debia llevar á cabo tan importante empresa.
Mientras esto acaecia, el hermoso mancebo que habia corrido á su tienda en vez de correr como los otros á la de los reyes, se habia cubierto de un arnés de finísimo temple; habia embrazado una adarga de Fez, ganada por sus ascendientes á los moros en aquella misma Vega, y ginete en un fogoso potro cordobés, blandiendo una pesada y larga lanza de fresno, se lanzó á la carrera á través de una puerta cercana, sorprendiendo á la guardia de ella, dió la vuelta al Real y se lanzó en la Vega al escape de su caballo de batalla.
Pronto, muy pronto, desapareció entre una nube de polvo, á pesar de los gritos de la guarda del Real, y llegó á la arboleda donde esperaba Tarfe.
El mancebo caló su visera y llegó á un llano del bosque donde Tarfe con el descuido de los valientes, á los pies de su caballo, dormia sobre el blando césped.
Latió con doble impaciencia el corazon del mozo, y fijó una intensa mirada de cólera en el moro.
—¡Levántate! gritó poniendo los cascos de su caballo junto á Tarfe. ¡Levántate, jactancioso, y ven conmigo á batalla!