Irritóse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanzó hasta salvar la mitad de la distancia que le separaba del muro, y gritó con doble furor:
—Y si no bastan las afrentas que habeis oido para que salgáis al campo, mirad, castellanos, donde pongo el nombre de Maria; y si algun peon ó caballero, infante ó rey, de ello ha enojo, á esperarle voy en la Vega hasta que el sol trasponga las montañas de Loja.
Y esto diciendo, puso el cartel del Ave Maria en la cinta que enrollaba la cola de su caballo, revolvió el freno, y seguido de los suyos, se alejó lentamente de los Reales hasta llegar á la espesura donde Zaruhyemal habia dado la carta de la sultana á don Juan Chacon, descendió del caballo, despidió á los esclavos y al trompetero, y se reclinó sobre el césped en la sombra, tendida á mano la pica y ceñido el talabarte de la adarga.
En tanto, en silencio se hundieron como sombras tras las almenas del Real de Santa Fe, reyes é infantes, damas y caballeros.
Ni una sola palabra acerca del suceso se cruzó entre aquel ejército de valientes.
El reto habia sido lanzado con sobrada insolencia para que se departiese sobre él.
Todos los semblantes estaban ceñudos; todos los corazones ardiendo.
Cada una de aquellas espadas estaba mal contenida en su vaina.
Pero lo que faltaba en palabras, sobraba en actividad.
De las almenas se pasó á las tiendas, y de la vestidura de paz al arnés de guerra.