El rey Nazar la contemplaba inmóvil, y lágrimas de compasion asomaban á sus ojos suspendidas sobre sus megillas.
¡La rosa blanca!
Jamás Wadah habia pronunciado una sola palabra que aclarase el misterio de la causa de su locura.
¡La rosa blanca!
Hé aquí lo único que se la oía pronunciar en medio de su delirio.
El rey habia preguntado á sus sabios, y estos se habian esforzado en vano por descifrar aquel misterio.
En una ocasion se habia puesto una magnífica rosa blanca, en una copa de oro, oculta tras un tapiz, y el mismo rey Nazar habia observado á su esposa escondido.
Llegado el acceso, la sultana habia buscado, segun costumbre, por todas partes, y al encontrar la rosa, se habia arrojado sobre ella y la habia despedazado esclamando.
—Mi rosa era mas blanca, y mas pura, y mas fragante.
El rey habia renunciado ya á conocer el misterio de la locura de su esposa.