Y habian pasado años y años.
Sin embarco, Wadah no habia olvidado su perdida rosa blanca.
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Seguia sentada en el suelo cruzadas las manos delante de sus rodillas, y entonando su triste y lánguida melodía.
—¡Wadah! la dijo el rey.
—¿Quién me llama? esclamó la sultana escuchando con atencion.
—Soy yo... dijo el rey, yo que te amo.
—¡Ah! dijo la sultana, el rey Nazar: el rey Nazar es un ingrato; cuando yo le conocí, solo tenia una pequeña, una pobrecilla bandera y doscientos esclavos, ginetes en yeguas negras y armados de lanzas: era un pobre walí... pero yo le amé y fué poderoso.
Wadah pronunciaba estas palabras con una cadencia lenta, gutural y tenia fija la vista en las bovedillas doradas de la cúpula.
—Yo era maga... un mago me habia traido de las montañas donde nace el Nilo.