Yo amaba entonces solamente á mi rosa blanca, y la escondia para que nadie la marchitara con sus miradas.
Pero ví á Al-Hhamar y le amé; le amo tanto como á mi rosa blanca.
Le favorecí con mi poder; le dí un amuleto que le hizo invencible, y Al-Hhamar se apoderó primero de un pueblo y luego de otro y se hizo rey, rey fuerte, y sus soldados le llamaron el vencedor y el magnífico.
La rosa blanca tuvo celos de mi amor al rey Nazar y me abandonó.
Y el rey Nazar me abandonó tambien, á pesar de que sabia que era mi alma.
El rey Nazar amaba á otra muger.
¡Leila-Radhyah! ¡ah! ¡Leila-Radhyah! ¡pero tú tampoco has gozado los amores de Nazar! ¡yo sé que Nazar llora por tí!
Estremecióse Al-Hhamar. Era la primera vez que la sultana Wadah nombraba á la princesa africana.
¿Sabria Wadah lo que habia sido de ella?
Pero no se atrevió á preguntarla.