Iban engalanados ginetes y peones.
Ondeaban al viento penachos, preseas, banderolas y divisas.
El sol arrancaba fúlgidos destellos de las brillantes armas.
Y los timbales y las trompetas y los atambores y los pífanos del ejército cristiano, tañian juntos en alegre alarido, y el viento llevaba á Granada el clamor de triunfo de los vencedores que se acercaban.
A Granada, mustia y silenciosa, cubierta de luto y regada mas con las lágrimas de sus infortunados habitantes que con el agua de sus fuentes.
Entretanto, por la puerta de la torre de los Siete Suelos, acompañado de cincuenta caballeros de los mas nobles de Granada, salió vestido de luto, ya despojado de la corona perdida, el rey á quien los suyos habian llamado con tanta razon el Desdichadillo.
El wazir Aben-Comixa, le habia precedido para entregar las llaves de la ciudad á Fernando V de Aragon que esperaba en las márgenes del Genil.
Su familia habia salido antes.
La Alhambra habia quedado huérfana de sus antiguos señores, desamueblada, deshabitada, muda y fria, esperando á un nuevo señor.