En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volverás á ver.

Míralas, Boabdil, míralas.

Entre sus almenas, ese último rayo del sol hace brillar limpias armas.

Pero esas armas no son las de tus moros.

Son las de tus conquistadores.

Detente, Boabdil, y mira por última vez á tu perdida Granada, porque cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque vuelvas atrás los tristes ojos, no volverás á ver á tu ciudad.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Oh! ¿por qué asesinaste los bandos?

¿Por qué asesinaste á los treinta y seis caballeros abencerrages?