En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volverás á ver.
Míralas, Boabdil, míralas.
Entre sus almenas, ese último rayo del sol hace brillar limpias armas.
Pero esas armas no son las de tus moros.
Son las de tus conquistadores.
Detente, Boabdil, y mira por última vez á tu perdida Granada, porque cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque vuelvas atrás los tristes ojos, no volverás á ver á tu ciudad.
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¡Oh! ¿por qué asesinaste los bandos?
¿Por qué asesinaste á los treinta y seis caballeros abencerrages?