El rey, al llegar á aquella quebradura, se detuvo, echó pie á tierra, estendió los brazos hácia su querida Granada, y cayó de rodillas.

Luego esclamó exhalando un grito desgarrador:

—¡Alah-ku-Akbar[162]!

Y cayó de rostro contra el suelo, rompiendo en amargo llanto.

Y Aixa-la-Horra, su madre, cuando así le vió, dicen que dijo trémula y demudada señalando á la ciudad:

—Razon es que llores como muger, pues no fuiste para defenderte como hombre[163].

Y su wazir, Aben-Comixa, que le acompañaba, para consolarle dijo:

—Considera, señor, que las grandes y notables desventuras hacen tambien famosos á los hombres como las prosperidades y bienandanzas, procediendo en ellas con valor y fortaleza.

Y el cuitado rey llorando le dijo:

—¿Pues cuáles igualan á las estraordinarias adversidades mias?