—Sé que está preso.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Bekralbayda mi esclava, que le vé lodos los dias asomado á un ajimez en lo alto de la torre del Gallo de viento.
Palideció levemente el rey Nazar y Wadah aspiró aquella palidez.
—Mi hijo ha cometido un delito de inobediencia y es necesario que le castigue.
—¿Y no habla por él en tu corazon el amor de su madre?
—¡Wadah!
—Perdónale, señor, perdónale... aunque no sea mas que por la memoria de tu perdida Leila-Radhyah.
Pronunció la sultana con tal sarcasmo estas palabras, que el rey empezó á sospechar lo que nunca habia sospechado: que su esposa hubiese tenido parte en la muerte de la princesa.
Y como si Wadah solo hubiese recobrado por un momento la razon para aterrar al rey Nazar, volvió á su violento estado de locura.