—¡Ay!—exclamó.—¿Qué hace usted? ¡para que me vea el sereno con un hombre á estas horas... mi reputacion...

Yo me hice el sordo; el sereno llegó, abrió la puerta, doña Rufa me miró ferozmente, resolló fuerte y se entró, el sereno cerró, yo escapé á la carrera.

Al dia siguiente dije á doña Emerenciana, que si queria volver á verme hiciese de manera que yo no volviese á acompañar á doña Rufa, sobre todo cuando hiciese frio.

Estas dos señoras frecuentaban todos los cafés, iban á todas las iglesias, se dejaban ver en todos los paseos, en todos los teatros.

Doña Emerenciana siempre rozagante, siempre grande: era alta y gruesa, una especie de Cleopatra; siempre elegantísima.

Doña Rufa siempre hecha un avechucho.

Siempre horrible.

CAPITULO II.

Tales para cuales.

La noche aquella de invierno que llovia y hacia un frio de mil diablos me entré en el café que ya he dicho, y me senté junto á una mesa, frente al hueco, en el cual junto á la vidriera estaban las dos ya casi conocidas señoras del lector.