Andaba con lentitud.

Yo la hablaba del tiempo.

Ella suspiraba, y se apoyaba más y más en mí.

Llegamos al cabo.

Doña Rufa sacó la llave.

Eran las tres de la mañana.

—Esto es un disparate,—me dijo.

—Y por qué es disparate,—le contesté yo.

—Que en vez de traer la llave de abajo, me he traido la del cuarto, y no entra, ¡válgame Dios! y yo que vivo sola, y no tengo quien me abra... ¡y con el frio que hace! Vamos á ver que hacemos. Usted debe... No se puede sufrir este viento.

Yo llamé al sereno.