Me crispo cuando me acuerdo de ella.
Dios la haya perdonado.
Y tenia pretensiones.
Una noche, y sea entre paréntesis, me ví obligado á acompañarla á su casa.
Doña Emerenciana se habia quedado en la suya, me habia despedido con un expresivo apreton de manos, y al confiarme su amiga me habia dicho:
—Cuidadito, no sea usted calavera.
Yo me encogí.
Dí el brazo á doña Rufa.
Llevé constantemente la nariz hácia la izquierda.
Se apoyaba indolentemente en mi brazo.