—Es verdad,—dije yo;—pero cuando uno se empeña...
—Por supuesto, pillo, lo más difícil se abre; pero, ¿no amas tú á esa maldita vieja? ¿No tienes tan mal gusto como yo?
—¿Y si eso fuese?
—¡Ah! ¡No, no! ¡No te chancées; no provoques á un tigre gris rodado de Bengala; eso seria expuestísimo: sobre todo, cuando se trata de mi amor: ¡ah, ah, si la hubieras visto hace un momento! ¡Verdad es que tú no estabas para ver nada: ¡si la hubieras visto dormida, con aquella boca abierta, que parece la sima de Cabra! ¡Yo debo estar loco! ¡Yo no puedo comprenderlo, y sin embargo, la amo! ¿Me quieres tú decir lo que es el corazon humano; lo que vale esta bestia racional que se llama hombre? ¡Ah, pero la garganta, la garganta! ¡Qué garganta, y qué hombros y qué ojos! ¡Si tú la hubieras conocido hace treinta años! ¡Oh! ¡La edad! ¡Los destrozos del tiempo! ¡Los cabellos que encanecen, que se caen! ¡La piel que se arruga! ¡Los dientes que se marchan! ¡Las carnes que se aflojan! ¡Y el histérico, el terrible histérico! ¡Qué cambio! ¡No valemos nada! Doña Emerenciana no es ya más que la garganta, y los hombros, y los ojos! ¡Y los oyitos de las mejillas cuando se pone la caja de dientes y de muelas y se estira la piel con soliman! ¡Has visto tú nada más hermoso que ella cuando se pone la peluca y se ensancha con los postizos y se ajusta con el traje! ¡Ah!... ¡Micaela la pone hecha una Venus! Micaela es una muchacha de talento, y además de esto, una señorita: te doy la enhorabuena; pero es necesario que partamos la vaca.
—¡Que partamos á Micaela!—exclamé con acento feroz.
Y me rasqué.
Es decir, para los que no conozcan el lenguaje de los galopos, eché mano al bolsillo en busca de la navaja.
—Estáte quieto, muchacho,—me dijo don Bruno,—que aunque Micaela es la muchacha más bonita de Madrid, yo no la codicio ni te la envidio; gózala con salud y buena pro os haga á los dos; ¡pero la vieja, la vieja, mi prenda, mi esperanza! Pero la verdad es que si no fuera rica, no la querria tanto; porque mira, el amor por sí solo sabe muy bien, pero revuelto con plata, sabe mejor.
—Vamos: aquí está el aguardiente,—dijo Micaela, que apareció con una bandeja, en que se veian una botella y dos copas.
La puso sobre un velador.