Inmediatamente me cogió á su vez por la garganta.
Pero no apretó.
—¿Te has convencido?—me dijo.
—Esto ha sido por sorpresa tambien,—respondí.
—Sorpresa por sorpresa,—me dijo,—estamos iguales: así, pues, podemos tratar.
Yo te dejo en la quieta y pacífica posesion de Micaela.
—Esa ha sido una traicion,—dijo Micaela que acababa de entrar, pretendiendo parecer gravemente enojada, pero contenta en la realidad.—Vamos, don Bruno,—añadió.
—No; eso de nada me serviria: danos más bien un vaso de aguardiente á cada uno; á los dos nos vendrá muy bien: el aguardiente es confortante y revulsivo: ¡oh, y qué aventuras del diablo! Anda, anda por el aguardiente, hija mia: y no estaria demás que tú te tirases un buen trago: estás muy sofocada.
—Si usted no hubiera andado en la puerta, hubiera sido mucho mejor,—dijo Micaela saliendo.
—¡Andar en la puerta! ¡Andar en la puerta! ¡Y que hay puertas difíciles!... Se necesita el paletin, chiquito.