—Espere usted, don Bruno,—dijo Micaela:—voy á traerle á usted una vinagrada para que haga usted gárgaras.
—¡Gárgaras, ah, gárgaras!—exclamó don Bruno;—pero este bribon está loco; no ha debido tratarme así: ¿no me dijo que partiriamos la vaca? ¿Crees tú que vas á llegar solo al otro lado? ¿Te parece inútil mi alianza? ¿Sabes tú la fuerza que hay que vencer aquí? ¿Conoces tú las pasiones de una vieja verde? ¿Sabes tú quién es Hipolitito?
—En cuanto conozca á ese Hipolitito,—dije yo,—le retuerzo el pescuezo.
—¿Qué es lo que estás diciendo, animal?—me dijo don Bruno:—¡retorcerle el pescuezo á Hipolitito! ¡Oh! ¡Pues si eso fuera posible!
—¡Qué! ¿No tiene pescuezo ese caballero?
—Y bien largo y bien flaco: un pescuezo de grulla: ¿pero sabes tú lo que sucederia? Te lo repito. Tú, aunque eres un pillo, no sabes lo que es una vieja verde: el Vesubio, el Etna, cuantos volcanes hay en el mundo, son una vagatela comparados con el amor de estas tales viejas: ¡horror! Moriria de despecho, de rabia, de desesperacion, y yo no quiero que muera: ese vestiglo me enamora, me domina, me hace desfallecer, delirar: una brujería: no puede ser otra cosa: su boca sin dientes es para mí una delicia; su cabeza monda, con sus mechones de canas, me parece de una hermosura infinita. ¡Ah! ¡ah! ¡Si yo no te hubiera visto en los brazos de Micaela! ¡Si te hubiera encontrado en los suyos! ¡Ah! ¡Desgraciado de tí! ¡Más te hubiera valido no nacer! No te fies de que por sorpresa, y echándome de improviso las dos manos á una de las partes más sensibles de mi individuo, me has vencido: esto ha sucedido una vez, pero no sucederá dos, yo te lo aseguro: pruébalo sino.
Y se levantó y me presentó los puños cerrados.
Yo le amenacé con el baston.
Apenas le hube levantado, me encontré sin él.