Le solté.

Don Bruno fué á caer bamboleando sobre un sillon.

La embestida habia sido buena.

Micaela tenia en la mano el cerillo que se le habia caido á don Bruno.

Yo tenia su enorme baston.

—¡Ah, el miserable, el traidor!—exclamaba don Bruno.

Y se palpaba el pescuezo.

Habia enronquecido de tal manera, que apenas si se le entendia una palabra.

Rugía sordamente.

Estaba vencido, pero no dominado.