De improviso sonó un fuerte golpe á la puerta, que se abrió por la violencia del empuje.

Apareció don Bruno con una cerilla encendida en la mano izquierda.

Con la derecha blandia un baston.

Una especie de garrote.

—¡Ah! esto á mí no me importa,—dijo al vernos á Micaela y á mí:—esto es distinto; de otro modo...

Yo me separé como pude de Micaela.

Un momento despues estaba engargolado al pescuezo de don Bruno.

Se lo apretaba con las dos manos.

Don Bruno sacaba un palmo de lengua.

—¡Calla, hijo,—dijo Micaela:—yo sabia que avanzabas y que te agarrabas como un gato, pero no sabia que eras un perro de presa.