Me sacó al fin del gabinete.

Cerró la puerta.

Nos encontrábamos en una habitacion oscura.

Micaela me tenia siempre abrazado.

—No, no irás,—me decia;—ese hombre es muy traidor; te mataria; es muy madrugon y embiste como un toro: ¡ah, traidor!—añadió.—Tú abusas.

Pasó por mí un vértigo.

No oia, ni veia.

Micaela era mi misma vida.

Mi universo.

Pasaron algunos minutos.