—Mira,—me dijo,—que don Bruno es muy malo.

—Yo soy peor,—la contesté;—le voy á contar yo un cuento á ese tio.

Y me levanté.

—¡Ah, no! ¡No vayas!—me dijo Micaela avalanzándose á mí.—Por el contrario, escóndete: déjame á mí; yo sé lo que me tengo que hacer.

Yo aproveché la ocasion, y besé á Micaela en la garganta.

—¡Ah, traidor!—me dijo;—pero en fin, no me importa, yo te amo.

Y me empujó hácia una puerta con una fuerza de que yo no la hubiera creido capaz.

Me dejé conducir.

Yo enlanguidecia.

Tenia el cuerpo y el alma llenos de Micaela.