—Voy á ver si la vieja duerme,—dijo Micaela;—pero debe dormir; siempre que el tio Calostros la cura el accidente, se queda como una piedra.
—¡Quien diga que la vida no es un disparate!—exclamó don Bruno:—¡pensar en que para curar los accidentes de ese esperpento se necesita un sereno! ¡Y yo apenado! ¡Yo loco! ¡Yo guillado! ¡Buen aguardiente, Micaela, hija mia! ¡Y cómo os cuidais! ¡Buena tajada y buen trago! ¡Ah, miserable! ¡Si no fuera porque yo la hago el espanto! Vamos, hijos mios, nos hemos entendido; hemos salido de dudas; no tengo celos despues de mi visita de inspeccion; el aguardiente me ha quitado la ronquera; me voy; que Dios os dé muy buenas noches; sois el uno para el otro, y tú harás fortuna, muchacho; pero partamos la vaca; créeme; no seas mi enemigo; vamos, muchacha, hija mia, échame á la calle; la puerta de la calle me la abrió el tio Calostros; ¡por vida del tio Calostros! Pero todos los médicos tienen privilegios: cuando se trata de la salud, y tal vez de la vida, hay que cerrar los ojos: conque otra vez buenas noches, sobrino de tu tia, y venga esa mano.
Se la dí.
—Con que amigos, ¿no es verdad?—me dijo.
—Sí, amigos,—le contesté.
—¿Y qué hemos de ser más que amigos?—dijo Micaela,—amigos hasta la pared de enfrente, por la cuenta que nos tiene: vamos, don Bruno, que tengo sueño.
Micaela y don Bruno, á quien yo habia devuelto su baston, y que llevaba su cerillo encendido en la mano, salieron.
Poco despues volvió Micaela.
A poco, todo dormia en la casa.
Todo estaba sumido en una paz profunda.