Con la mayor delicadeza.
Tomé la leche, que era riquísima.
—Levántate,—me dijo;—esa mujer me ha llamado para que la arregle: no quiere verte hasta que esté compuesta: en esto se tardará, por lo ménos, hora y media; la hora del almuerzo: la Nicanora está ya en la cocina y avisará: nada sabe doña Emerenciana; ten prudencia; no me mires como me estás mirando; me parece que la tenemos; me ha preguntado con mucho afecto por tí: se ha informado de cómo has pasado la noche; yo la he dicho que, á mi parecer, la habias pasado admirablemente: ¿he mentido?
—¡Poder de Dios, que yo reviento de felicidad!—la contesté.
—Pues procura, no reventar, hijo, que los reventones no son para sufridos, y adios, que la vieja me espera impaciente; me parece que tiene ganas de verte; la cosa no puede ir mejor.
Micaela se fué.
Yo me levanté.
Me arreglé, y me fuí á la cocina.
En ella habia una mujer ordinaria, oronda, como de cuarenta años; pero frescota, no desgraciada, y un tanto pretenciosa como doña Emerenciana.
Se sonrió al verme, me guiñó un ojo, y me dijo: