—¿Con que, á lo que parece, todos somos de la casa?

—Yo creo que sí,—la respondí.

—Y me parece tambien, que hemos de llevarnos muy bien: la señorita es un ángel, y le quiere á usted mucho; es necesario que usted sea hombre de bien y corresponda con ella; la vieja, segun la señorita me ha dicho, le quiere á usted tambien mucho: de modo que usted está aquí como la yema del huevo; y por supuesto: ¿qué le ha de pasar á un buen mozo sino cosas buenas?

—Muchas gracias; pero usted debe de haber tenido muy buenos bigotes.

—¿Y qué, no los tengo todavía?—exclamó con vehemencia y con un ligero acento de enojo: pues mire usted, no está la carne en el garabato por falta de gato, y cada una sabe cómo le va, y muchos quisieran lo que hay donde se cree que no hay nada; y en fin, que eso ya se verá.

—¿Y quién duda de que es usted una buena moza? Por lo ménos en otro tiempo.

—¡Ah! ¡en otro tiempo, cuando vivia el mio, que era músico de alabarderos, y yo lavaba la ropa del cuerpo! ¡Ah! entonces las tapias se echaban para atrás cuando yo pasaba: calcule usted lo que serian los hombres y las mujeres; he tenido yo mucho aquél, y aún le tengo, y mire usted, si quisiera casarme, no me faltan proporciones; pero el buey suelto bien se lame.

Yo tenia hambre, y mientras charlaba con Nicanora, echaba ojo al almuerzo que se estaba preparando, y que parecia ser excelente.

Micaela habia dado una vuelta, y yo habia reparado que no la gustaba mucho mi charla con la asistenta, ni la manera que tenia ésta de mirarme.

Yo era caballo de buena boca.