La Nicanora conservaba algunas cosas muy apreciables y no me habia desagradado.

Pero era necesario irse con mucha diplomacia, no fuera que se armara una culebra.

A la hora del almuerzo se presentó doña Emerenciana ya emperifollada.

Me causó una viva impresion.

Micaela se habia esmerado aquel dia con ella.

La habia pintado y la habia compuesto admirablemente.

Además de esto habia en doña Emerenciana una languidez hechicera.

Me abarcó con la candente y dulce mirada de sus grandes ojos negros.

Se sonrió, y se marcaron en sus mejillas los hechiceros hoyitos.

Parecia increible que fuera ella la misma que yo habia visto despojada á través del hueco de lo alto de la puerta.