—¡Ah! hijo mio,—me dijo,—que ésta me ha engañado: que me ha dicho que has pasado muy buena noche, y estás pálido y con ojeras.

Y paseaba su mirada escudriñadora de Micaela á mí.

—Esta noche será distinto,—añadió;—no la pasaremos como anoche; te se pondrá su cuarto junto al mio; no quiero yo que mi hermana riña conmigo porque vuelvas desmejorado al pueblo.

Y su mirada se encarnizaba más en Micaela.

Esta estaba admirable de sinceridad, divina.

—Es necesario que te lleves bien con mi sobrino,—la dijo;—yo te tengo á tí en lugar de hija, y me doleria mucho ver que eras desagradecida.

—Le juro á usted, mamá,—dijo con una gracia hechicera Micaela,—que su sobrino no tendrá queja de mí... ni usted tampoco... vamos á llevarnos como ángeles.

—Cuidado, cuidado, Micaela, que yo no quiero belenes en casa,—dijo, no pudiendo contenerse ya doña Emerenciana. Y usted, Nicanora, que se lo está usted comiendo con los ojos; mucho ojo; si es bonito y jóven, á usted no le importa nada.

—Vaya un redios con la señora,—dijo la asistenta;—pues se puede usted guardar á su sobrino en el chaquetin, doña Emerenciana; ¡como si una estuviera en las últimas! pues cada cual tiene lo que le hace falta, y sin...

Un enérgico guiño mio contuvo á la Nicanora.