—Yo soy una buena mujer,—añadió,—y no merezco que se me trate como se me trata; y si el mocito ha venido aquí para que á usted le parezca lo que no puede ser y me maltrate usted, yo estoy de más, aunque estaba muy contenta de la casa.
Esto me demostraba que la Nicanora era una gran maestra, así, con su gramática parda.
Al mismo tiempo se habia sentado en el suelo como las mujeres cuando se desmayan. Se le habia bajado el pañuelo, y yo habia visto el principio de dos globos ebúrneos.
Yo me embriagaba.
Micaela al natural me aturdia.
Doña Emerenciana artificial me enloquecia.
La Nicanora, con sus magníficos restos, me enlanguidecia.
En efecto; yo estaba en aquella casa como la yema en el huevo.
Lo habia dicho muy bien la Nicanora.
Aquellas tres mujeres debian desvivirse por cuidarme.