Me puso la pechuga del pollo.
Al mismo tiempo me apretaba la rodilla.
Yo veia desvancado á Hipolitito.
—En los pueblos vivís muy atrasados, sobrino,—dijo doña Emerenciana;—allí con esa americana y ese chaleco á cuadros estarias muy elegante; pero aquí estás muy cursi. Nicanora, sirva usted de una vez el almuerzo, y váyase usted á la calle de Valverde, que vengan al momento con una berlina de lujo para mí. Entérese usted. Ya saben allí lo que yo quiero. Que esté aquí para cuando acabemos de almorzar. Tenemos que salir mi sobrino y yo. Quiero acostumbrarle á la buena vida de la córte. ¡Como que es mi heredero!
Indudablemente, Hipolitito estaba destronado.
Micaela me miraba al descuido de la vieja, y me decia con su elocuentísima y graciosa mirada:
—Esto va que ni de encargo, hijo mio,—y con su pequeño pié pisaba mi pié.
La Nicanora se habia ido murmurando.
Mi tia me cuidó admirablemente.