Almorcé como un príncipe.
La Nicanora volvió antes de que acabase el almuerzo.
El carruaje estaba ya á la puerta.
—Ahora,—dijo doña Emerenciana,—á casa de Alcaide.—Es el primer sastre de Europa. El te pondrá verdaderamente elegante; pero como él quiera, lo caro resulta muy barato. ¡Y luego la confeccion!... Ven á acabar de arreglarme Micaela.
Cinco minutos despues estábamos en el carruaje.
—Casa de Caracuel y Alcaide, Puerta del Sol, núm. 15,—dijo doña Emerenciana al lacayo.
El carruaje partió.
Doña Emerenciana tomó un cierto aspecto de gravedad.
—Yo creo,—me dijo,—que tú habrás conocido la verdad entera.
—¡Oh! sí,—la respondí, pretendiendo tomarle una mano.