Doña Emerenciana me rechazó.
—Yo he conocido,—dijo,—estos amores interesantísimos de hoy; estos amores dignísimos; yo soy toda alma; toda pasion; yo amo, amo con toda mi alma, pero no es á tí á quien amo; me agradas, es verdad. Si yo no amara, seria muy posible que me enamorase de tí.
—Esto es ser muy cruel, hermosa mia,—la dije,—yo me muero por usted, yo me vuelvo loco.
—Deja, hijo mio, deja,—me respondió un tanto conmovida doña Emerenciana;—pero la costumbre del alma...
Era la primera vez que yo oia esta frase.
—Hay un sér en el mundo que me impresiona de una manera gravísima; una criatura que llena todas mis aspiraciones; pero esa criatura es débil... la espanta ese ogro de don Bruno, ya te lo he dicho: yo te conozco, espanta á don Bruno, que me deje en paz con mis amores, y espéralo todo de mí.
—Soy verdaderamente muy desgraciado,—la dije,—porque no soy la criatura á quien ama usted.
—¿Quién sabe, quién sabe? eres muy guapo; vamos, cualquier cosa; he pensado mucho en tí; he soñado contigo; pero la costumbre del alma...
—Es necesario sobreponerse á las malas costumbres,—la dije;—tal vez ese de la costumbre sea algun mal favorecido, algun ingrato.
—¿Y qué mujer, por hermosa que sea,—dijo doña Emerenciana,—puede contar con la gratitud de los hombres? Mira, tente, no estés tan pegado á mí, que me sofoco: cuida mucho de no requebrarme, porque en ello te va la fortuna: con que dime, ¿le romperás el alma á don Bruno? ¿Le ahuyentarás? ¡Oh, qué hombre, qué mónstruo! No me puedo tratar con nadie; ya se ve, todos no han de ser unos Gaiferos; no es este el tiempo de los valientes. El valor no hace falta para nada; con que arréglame á don Bruno.