—Pues ya lo creo; don Bruno no se atreverá á nada que pertenezca á usted, ¡bueno soy yo!
—Bien sabia yo lo que me hacia abrigándote; pero me parece que estamos ya en casa de Alcaide.
Subimos al taller del famoso sastre.
Doña Emerenciana encargó para mí cinco trajes completos.
Salimos y nos fuimos á la camisería.
Doña Emerenciana tomó para mí cuatro docenas de camisas.
Despues á la joyería.
Me compró un magnífico reloj y una hermosa sortija.
Las viejas verdes ricas son un filon.
Me iba enamorando de veras de doña Emerenciana.