Continuó perfectamente serena.
Yo no comprendia una tal fuerza de organizacion en una tal vieja, á la que la noche anterior habia visto entregada á un formidable ataque de epilepsia.
Estaba como si tal cosa.
Me miraba con delicia.
Con ánsia.
Parecia que yo era cuanto habia en el mundo para ella.
Sin embargo, miraba á todo hombre que pasaba si era jóven y algo buen mozo; y siempre tenia un agudo chiste para cada mujer que veia, si era algo bella.
Influia sobre mí aunque yo recordaba su cabeza pelada, su boca sin dientes, todos los estragos, en fin, que en ella habian hecho la edad y, sin duda alguna, á pesar de sus protestas acerca de su pureza, sus desórdenes.
Yo no sabia qué pensar de aquel fenómeno.
Una mujer tan horrible, tan repugnante, despejada de sus composturas, y que compuesta llegaba á una tal belleza ideal.