Una vieja como ella, que tenia una voz en que se sentian todos los encantos de la juventud.

Y sobre todo, lo extraño de su conducta.

Una mujer que se prodigaba en los cafés; que miraba á todo el mundo; que provocaba á todo el mundo; que tenia todas las apariencias de la buscona más descarada, y que, sin embargo, no tenia amante; que era rica, y á la que servia de médico y de remedio, en los graves accidentes, el tio Calostros, el sereno.

Todo esto era extraordinario, todo inexplicable.

Causaba en mí una especie de perturbacion moral.

Se añadia á esto el efecto de los regalos que me habia hecho, la posicion que me habia dejado entrever.

Yo empezaba á enorgullecerme, á creerme persona importante.

Doña Emerenciana, á vueltas de mirarme con una pasion volcánica, se mostraba severa y me obligaba á contenerme en los buenos límites.

Esto me aturdia más y más.

¿Estaba loca aquella mujer?